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Hace dos años, en ocasión del Eurobasket 22, hice la siguiente reflexión: “Lo que ya no soporto es el nivel de permisividad que hay en la cancha. No depende solamente de los árbitros, en los que hay de todo como siempre, sino con que criterio se está jugando. ¿Eso es basket? Vale todo, agarrar, empujar, montarse encima de la chepa... lo del antebrazo ya es un puro escándalo y parece como si valiera todo. Quizás que los responsables de la FIBA se lo miren un poquito. Podría citar mil jugadas más, poner vídeos, pero ya me parece una perdida de tiempo. Redefinir el criterio para no perder la esencia del juego, menos pasos ceros y más definición de lo que puede ser una defensa legal y, puestos a decir, ensanchar un metro el campo para mejorar los espacios”.
Han habido casos en los que la honestidad en las decisiones ha sido cuanto menos cuestionable. En el boxeo, por ejemplo, ha sido un auténtico escándalo. Uno de los motivos por el que el COI lo va a retirar del programa olímpico en la próxima cita, ha sido este. Politiqueo, decisiones cuanto menos dudosas, intereses varios por razones geopolíticas, hacen que lo de demostrar que eres el mejor en demasiadas ocasiones sea cuestionable. Ha pasado en varios deportes, individuales y colectivos. He citado el boxeo como el más evidente, pero se podría hacer un buen listado de agravios que no dependen de la calidad del deportista sino de la subjetividad del supuesto juez.
parece un contrasentido que en la cita olímpica en un país que ha popularizado a nivel mundial lo de la “Liberté, Egalité, Fraternité” se incumplan unas cuantas de estas exigencias o principios. Y ahora a lo nuestro, el arbitraje en la competición de basket. Solo el pensar en el trancazo que le pegan a Johannes al final del partido de la final femenina, me entran escalofríos. ¿Cómo puede ser que ninguno de los tres árbitros lo viera? Como conozco el ambiente al que me refiero -el del mundo del arbitraje- sé que las respuestas más corrientes son: “Un error lo tiene cualquiera”, “Era difícil de ver dado el tipo de jugada” y un largo etcétera.
Hace unos días un amigo del facebook se quejó de que le recriminara (con buenas palabras, eh, todo muy educado) que se pasaran tanto en la critica arbitral y le comenté que lo que estaban haciendo era “apuntar con la mano a la luna, y mirar el dedo”. Creo que es una metáfora la mía. En este caso los árbitros son el dedo, y la luna representa a quienes los dirigen. Aquí está el meollo de la cuestión. Los árbitros pueden ser culpables en la medida de su incapacidad profesional a la hora de pitar en un partido, pero el asunto va más allá. Porque si en general no tienen un buen rendimiento, quienes tienen que asumir la responsabilidad son los que los han designado, sabiendo de su escaso nivel.
Podría incluso llegar a aceptar que este será el nuevo criterio, pero que se diga claramente. Me paso el año enseñando a los jugadores/as a mejorar su técnica en función de lo que marca el reglamento y resulta que los mismos chicos/as comprueban en estos partidos de alto nivel que vale todo: que poner las manos en el hígado del atacante no es falta; que chocar contra un bloqueo que no se mueve, si te tiras (flopping) te sale rentable; que los pasos son un tema totalmente evanescente. El famoso “paso 0” ni existe; la única vez que vi un posible “paso 0” pitaron...¡¡pasos!! Ya ni entro en el tema de los apoyos: dos legal, tres dudas, cuatro...vale todo. O vale todo para algunos y para otros no tanto.
No me invento nada, hablo de lo que he visto. Este problema se arregla antes que nada en los despachos pero que opinen y tomen la palabra técnicos con criterio, con conocimiento real del juego y no con fantasías como el “paso 0”. Y luego, evidentemente, que se mejore el nivel de los árbitros y que estén los mejores, los profesionales, los que por lo menos tienen conocimientos y no se dejan amedrentar por los jugadores, los entrenadores y el público. Sólo así volverá la credibilidad que ahora está un poquito en el aire -para decirlo de una forma suave- no sea que algún algoritmo de la FIBA, o de la FEB, o del COI, o de quien sea, me censure.
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